jueves, 21 de agosto de 2008

Columna de Joseph Stiglitz: Si quiere crecer, gire a la izquierda


¡Ojalá las cosas fueran tan fáciles! Parte del problema tiene que ver con el papel que juega la suerte. La economía de Estados Unidos estuvo bendecida en los años 1990 con precios bajos de la energía, un ritmo alto de innovación y la oferta cada vez mayor por parte de China de productos de alta calidad a precios cada vez más bajos. Todo esto se combinó para producir una inflación baja y un crecimiento rápido.

El presidente Clinton y el entonces presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, merecen escaso crédito por todo esto aunque, sin duda, la implementación de malas políticas podría haber complicado las cosas. En cambio, los problemas a los que nos enfrentamos hoy —precios elevados de la energía y de los alimentos y un sistema financiero en crisis fueron generados, en gran medida, por malas políticas. Existen, por cierto, grandes diferencias en las estrategias de crecimiento, que tornan factibles diferentes resultados.

La primera diferencia tiene que ver con cómo se concibe el crecimiento en sí. El crecimiento no es sólo cuestión de aumentar el PIB. Debe ser sostenible: un crecimiento basado en la degradación ambiental, una orgía de consumo financiado con endeudamiento o la explotación de recursos naturales escasos, sin reinvertir las ganancias, no es sostenible. El crecimiento también debe ser inclusivo; al menos una mayoría de los ciudadanos deben resultar beneficiados. La economía por carácter transitivo no funciona: un aumento del PIB, en realidad, puede dejar a la mayoría de los ciudadanos peor parados. El reciente crecimiento de Estados Unidos no fue ni económicamente sustentable ni inclusivo. La mayoría de los norteamericanos hoy están peor que hace siete años.Pero tiene que haber una ventaja relativa entre desigualdad y crecimiento. Los gobiernos pueden mejorar el crecimiento aumentando la inclusividad.

El recurso más valioso de un país es su pueblo. De manera que es esencial asegurar que todos puedan vivir de la mejor manera posible, lo que requiere oportunidades de educación para todos.Una economía moderna también requiere correr riesgos. Los individuos están más dispuestos a asumir riesgos si existe una buena red de contención. De lo contrario, los ciudadanos tal vez exijan protección de la competencia extranjera. La protección social es más eficiente que el proteccionismo.

El no promover la solidaridad social puede tener otros costos, entre los cuales no son menores los gastos sociales y privados necesarios para proteger la propiedad y encarcelar a los delincuentes. Se calcula que de aquí a unos años, Estados Unidos tendrá más gente trabajando en el negocio de la seguridad que en el sector de educación. Un año en la cárcel puede costar más que un año en Harvard. El costo que implica encarcelar a dos millones de norteamericanos —uno de los índices más altos en el mundo— debería considerarse como una deducción del PBI; sin embargo, se suma. Una segunda diferencia importante entre la izquierda y la derecha tiene que ver con el papel del Estado a la hora de promover el desarrollo. La izquierda entiende que el rol del gobierno en cuanto a proporcionar infraestructura y educación, desarrollar tecnología y hasta actuar como emprendedor, es vital. El gobierno sentó las bases de internet y las revoluciones biotecnológicas modernas.

En el siglo XIX, la investigación en las universidades respaldadas por el gobierno de Estados Unidos sirvió de base para la revolución agrícola. El gobierno luego acercó estos avances a millones de granjeros norteamericanos. Los préstamos a pequeñas empresas han sido medulares en la creación no sólo de nuevas empresas, sino de nuevas industrias en su totalidad.La diferencia final puede parecer extraña: la izquierda ahora entiende los mercados y el papel que pueden y deberían desempeñar en la economía. La derecha, especialmente en Estados Unidos, no. La Nueva Derecha, estereotipada por la administración Bush-Cheney, es realmente corporativismo del viejo bajo un nuevo disfraz. No son libertarios. Creen en un Estado fuerte con poderes ejecutivos robustos, pero un Estado utilizado en defensa de intereses establecidos, que brinda escasa atención a los principios del mercado. La lista de ejemplos es larga, pero incluye subsidios a grandes granjas corporativas, aranceles para proteger la industria del acero y, más recientemente, los megarrescates de Bear Stearns, Fannie Mae y Freddie Mac. Pero la inconsistencia entre retórica y realidad es de larga data: el proteccionismo se expandió durante el gobierno de Reagan, incluso a través de la imposición de las llamadas restricciones voluntarias a las exportaciones de autos japoneses.

Por el contrario, la nueva izquierda intenta hacer que los mercados funcionen. Los mercados sin trabas no funcionan bien por cuenta propia —una conclusión reforzada por la actual debacle financiera—. Los defensores de los mercados a veces admiten que fallan, incluso de manera desastrosa, pero sostienen que los mercados se “autocorrigen”. Durante la Gran Depresión se escuchaban argumentos similares: el gobierno no necesitaba hacer nada, porque los mercados, a la larga , llevarían a la economía de nuevo al pleno empleo. Pero, como dijo John Maynard Keynes, a la larga todos estamos muertos.Los mercados no se autocorrigen en un margen de tiempo relevante. Ningún gobierno puede mantenerse ocioso mientras un país cae en la recesión o la depresión, incluso cuando éstas estuvieran causadas por la ambición excesiva de los banqueros o el error por parte de los mercados de seguridad y las agencias de calificación a la hora de evaluar los riesgos. Pero si los gobiernos van a pagar las cuentas de hospital de la economía, deben actuar de manera tal que la hospitalización no resulte tan necesaria. El mantra de desregulación de la derecha era lisa y llanamente un error, y ahora estamos pagando el precio. Y el precio —en términos de pérdida de producción— será alto, superando quizá los 1,5 billones de dólares sólo en Estados Unidos.La derecha suele rastrear su origen intelectual hasta Adam Smith, pero mientras que Smith reconocía el poder de los mercados, también reconocía sus límites.

Incluso en su época, las empresas pensaban que podían incrementar más fácilmente las ganancias si conspiraban para que aumentaran los precios que si elaboraban productos innovadores de manera más eficiente. Hacen falta leyes antimonopólicas sólidas.Es fácil ser el anfitrión de una fiesta. Por un momento, todos se sienten bien. Promover el crecimiento sostenible es mucho más difícil. Hoy, a diferencia de la derecha, la izquierda tiene una agenda coherente que no sólo ofrece mayor crecimiento, sino también justicia social. Para los votantes, la elección debería ser sencilla.*Profesor en la Universidad de Columbia, recibió el Premio Nobel de Economía en 2001.© Project Syndicate 1995-2008
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