jueves, 27 de noviembre de 2008

Columna de Hector Abad en el Diario El Espectador: Niños bien que caen mal

Otra buena columna de Hector Abad. Una radiografía de nuestra sociedad....

"Desde hace decenios me muevo entre libros viejos y, a diferencia de otros países similares a Colombia (Chile, Argentina, México), en nuestro país casi nunca se encuentra uno con una buena biblioteca de familia. Nuestros antepasados gastaban mucho en alambre de púas para cercar las fincas, importaban sombreros de Francia y vacas de la India que soportaran nuestro sol excesivo, pero muy pocos libros que ayudaran a despejar las mentes oscuras de los habitantes de estas tierras. Casi todos somos hijos o nietos de hábiles comerciantes y ávidos ganaderos, de prestamistas y usureros, a veces más pendientes de la ganancia y la ventaja que de la justicia.


Fíjense en esto: cada vez que estalla un escándalo con sujetos del bajo mundo, bien sea de la mafia, de los paramilitares o de la política corrupta, al lado del personaje arribista aparece su enlace o entronque con la vieja burguesía: el joven de buena familia. El que le presenta gente, el que le enseña a coger los cubiertos, el que lo lleva al club o al Congreso, y al mismo tiempo se lucra con los pagos del personaje en ascenso. Detrás del atarván, como una sombra limpia que lo beneficia, aparece el niño bien, especie de ángel de la guarda, que lo introduce en los círculos del poder y de la plata vieja. Pasó con Pablo Escobar, con los Rodríguez Orejuela, con los Ochoas; pasó con Mancuso y Jorge Cuarenta; pasó hace poco con la oveja negra de los Valencia Cossio; y acaba de ocurrir con el Ángel asesor de DMG.

No es un caso entre muchos, sino un patrón de conducta: muchachotes que no necesitan robar ni estafar, que estudiaron donde les dio la gana y que lo tienen todo para llevar una vida cómoda y productiva, se venden al personaje de los bajos fondos que no ha subido en la escala social gracias a sus méritos o a su talento, sino a punta de estafas, lavado de activos, tráficos inmundos. Estos niños bien, que parecen haber sido formados mucho más en la codicia que en la justicia, padecen como una atracción fatal por el abismo, por la sórdida condición de los hampones que se enriquecen de la noche a la mañana y que para subir arrastran hacia abajo a la parte más laxa de la burguesía.

Lo extraño no es que les guste la plata; lo que define a esta clase que se llama burguesía es su interés por el lucro, aquí y en la Cochinchina. Pero los ricos de Francia o de Estados Unidos, las burguesías ilustradas que hicieron la Revolución francesa y la americana, tenían un compromiso social y un temple moral muy distinto al de los pimpollos de nuestra burguesía de pacotilla. Basta ver las bibliotecas privadas que se encuentran en Francia o en Estados Unidos. Una cosa es ganarse la plata produciendo telas o telares, una cosa es lucrarse con inventos técnicos que nacen del estudio de las ciencias, y otra muy distinta enriquecerse al aliarse con mafiosos de la droga, con matones de los campos, con corruptos de la justicia o con usureros del lavado de dólares. Aquí estos niños bien que caen tan bajo, no se avergüenzan siquiera de ser cómplices de secuestros, tráficos y estafas a los sectores más pobres de la población, que es lo que pasa ahora.

Todo esto me recuerda lo que le oí decir a un negro hace treinta años, en un bar de mala muerte de la calle Palacé, en Medellín. Yo, que no sé beber ni bailar, me tomaba una cerveza lenta y miraba la bulla del ambiente. Mientras tanto, un grupo de niños y niñas de la clase alta, compañeros de la Universidad, se hundían en perico y nadaban en aguardiente hasta perder la cordura y arrastrarse por el suelo. Y esto fue lo que dijo el negro, meneando la cabeza con un pesar sincero: “¡Ay, estos niños ricos, uno bregando a subir y ellos bregando a caer!”.

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