lunes, 1 de diciembre de 2008

Columna de Paul Krugman en El Espectador: Para que no olvidemos

Había, por supuesto, sólo una cosa que se podía replicar, de forma que fui yo quien lo dije: “¿Qué quieres decir por ‘vimos’, hombre blanco?”

Ya en serio, sin embargo, el financiero tenía cierta razón. Alguna gente dice que la crisis actual no tiene precedente, la verdad es que hay abundantes precedentes, algunos bastante recientes. Estos precedentes, no obstante, fueron pasados por alto. Y la historia de cómo fue que no “vimos” que esto se venía encima implica claramente que la reforma del mercado financiero debe llevarse a cabo rápidamente, que no debe esperarse a que la crisis se haya resuelto.

Acerca de esos precedentes: ¿por qué tantos observadores descartaron las señales obvias de la burbuja, pese a que la burbuja de las compañías “punto-com” estaba aún fresca en nuestra memoria?

¿Por qué tanta gente insistió en que nuestro sistema financiero era “resistente y flexible”, en las palabras de Alan Greenspan, cuando en 1998 el desplome de un solo fondo, el Long-Term Capital Management, paralizó los mercados de crédito en todo el mundo?

¿Por qué casi todos creyeron en la omnipotencia de la Reserva Federal cuando su contrapartida, el Banco de Japón, pasó casi una década intentando poner en marcha, y fracasando una y otra vez, su economía estancada?

Una respuesta a esto es que a nadie le cae bien el que echa a perder una fiesta. Mientras la burbuja de la vivienda todavía se estaba inflando, los prestamistas estaban ganando carretadas de dinero emitiendo hipotecas a cualquiera que entrara por la puerta; los bancos de inversiones estaban ganando todavía más dinero reempacando esas hipotecas para convertirlas en brillantes valores nuevos; y los gerentes de fondos de dinero que anotaban grandes utilidades en sus libros comprando esos valores con fondos prestados lucían como genios y se les pagaba como tales. ¿Quién quería oír las palabras de economistas pesimistas que les advertían que toda la estructura en sí era un gigantesco fraude de pirámides?

Hay también otra razón por la que el círculo de hombres de la política económica no vio a tiempo la llegada de la crisis actual. Las crisis de la década de los noventa y los primeros años de este decenio debieron haber sido presagios claros, heraldos de que aún había problemas peores en el futuro. Pero todo el mundo estaba demasiado ocupado para darse cuenta porque estábamos celebrando nuestro éxito al haber resuelto esas crisis.

La revista Time, todos lo recuerdan, llamó a Greenspan, Robert Rubin y Lawrence Summers “El comité para salvar al mundo”, los “tres mosqueteros” que “impidieron una catástrofe mundial”. De hecho, todos convocaron a una fiesta de la victoria por habernos retirado del peligro cuando estábamos al borde del abismo, al tiempo que olvidábamos cómo fue que, en primer lugar, habíamos llegado tan cerca de ese borde.

Ahora estamos sumergidos en otra crisis, la peor desde la década de 1930. Por el momento todas las miradas están en la respuesta inmediata a esa crisis. ¿Podrán los cada vez más agresivos esfuerzos de la Reserva Federal por descongelar los mercados de crédito finalmente lograr algo? Todavía no estoy seguro, por cierto, si el equipo económico está pensando suficientemente en grande.

Y como estamos todos tan preocupados acerca de la crisis actual, es difícil enfocarse en los asuntos a más largo plazo; en frenar nuestro sistema financiero fuera de control, para impedir, o al menos limitar, la próxima crisis. Sin embargo, la experiencia del decenio pasado sugiere que deberíamos estar preocupándonos acerca de la reforma financiera y sobre todo regulando el “el sistema bancario en las sombras” que está en el centro mismo del desastre actual, mientras más pronto mejor.

Porque lo cierto es que una vez que la economía esté en la ruta hacia la recuperación, los manipuladores de dinero estarán ganando nuevamente el dinero fácil -- y cabildearán tan duro como puedan contra cualquiera que trate de limitar sus utilidades. Lo que es más, el éxito de los esfuerzos de recuperación llegarán a verse como predestinados, pese a que no lo estaban y la urgencia en cuanto a actuar se habrá perdido.

Así que este es mi ruego: aun cuando la agenda de la administración entrante ya está sumamente llena, no debe postergar la reforma financiera. El momento de empezar a prevenir la siguiente crisis es ahora.*

Columnista de ‘The New York Times’, profesor de Stanford University. Premio Nobel de Economía 2008. ‘The New York Times’ News Service.

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