Me levanté a las 7 :00 de la mañana. Tomé un jugo de naranja y me serví un cereal en el Hostal “Sky Hostel” en la Dunajewskiego, 6. Salí de nuevo a esa Cracovia que me había mostrado su mejor rostro, pero que dentro de unas horas me mostraría una de las caras más horrendas que el hombre ha producido en la historia. Recorrí de nuevo la Plaza Rynek Glówny, la calle Florianska, bordeé el protector parque Planty con sus solitarios bancos que trajo a mi memoria el Lezama de Buenos Aires, el de Sabato, el mío, ahíto de gatos y de mil recuerdos.
Caminé varios minutos por las calles de una Cracovia ausente y me dirigí a la calle Straszewkiego donde tomé una camioneta con 6 personas que, como yo, se dirigían a los campos de concentración nazi de Auschwitz y Birkenau. Fueron 60 kilómetros de imágenes reales- puesto que en la camioneta proyectaron un filme sobre el holocausto que en Polonia causó 6 millones de muertos y en Auschwitz y Birkenau fueron casi 2 millones- e imaginarias por qué recorrieron en mi cabeza las imágenes, las lecturas, y los filmes que había leído y visto en los últimos años de mi vida.
Las palabras de Primo Levi, de Kertész, de Simone Veil y las imágenes de Lanzmann en "Shoah" recorrían mi cabeza. Luego las até con el discurso de los derechos humanos que se ha desarrollado en el mundo luego de la segunda guerra mundial. Me hice muchas preguntas en el recorrido, mientras una voz en “off” en ingles nos decía que estábamos a punto de llegar al museo del campo de concentración de Auschwitz en donde estaríamos 1 hora y media con una guía y luego partiríamos al campo de concentración de Birkenau, campo del terror, donde desembarcaban los trenes que llegaron de diferentes puntos de Europa con hombres, mujeres y niños que fueron asesinados por la maldad humana, liderada por el pueblo alemán.
Entré al campo principal. El silencio era acogedor. La guía hablaba. El sol era radiante. Un lindo día, después de todo, pensé para mis adentros. A la entrada del campo, los músicos detenidos recibían a los nuevos prisioneros. La orden de los nazis era que nunca faltara la música….Serpenteamos el campo ingresando en varios edificios de ladrillo brillante- los mismos de los filmes pensé-, dentro de ellos, testimonios del horror del hacinamiento, de la muerte, del dolor. El campo fue adecuado para el terror, decía la guía- luego de una visita de Himmler, jefe de la SS que ordenó la construcción de Birkenau- 175 de Hectáreas- a 3 kilómetros de Auschwitz, que se convirtió en un anexo del terror. El sabía asesinar en masa, era un antiguo criador de pollos….
Dentro de los edificios las imágenes eran dicientes. Hombres, mujeres y niños murieron allí, sus fotos lo atestiguan. En los bloques 1-10 se encuentran los dormitorios de las mujeres. En el bloque 4 se hallan los tarros de gas Zyklon B utilizados por los nazis en el campo y 7 toneladas de pelo de los prisioneros que fueron encontrados por las tropas soviéticas en el año 1945. En el bloque 5 se hallan miles de gafas, de muletas, prótesis y zapatos de adultos y de niños. Los bloques 10 y 11 son los del terror. Sede de la administración del campo, en el se encuentra los calabozos donde se aplicaban torturas y las penas de muerte por sofocación o por hambre. Entré allí, y al empezar a bajar al sótano, sentí un dolor en el cuello y subí en el acto para tomar aire. Entrar allí, es bajar al mismísimo infierno.
Al salir, el sol iluminaba. Me preguntaba, si Dios existía. Enarqué mis cejas y miré el cielo, viré a la izquierda y me encontré con un explanada de alambres de púas y letrero que decía en alemán “halte”. Continuamos el camino, recorrimos con la guía el hospital de experimentos del Dr. Mengele. Siguieron otros bloques, para llegar a la Cámara de gas del Campo. No fue destruida por los nazis, como ocurrió en Birkenau, porque les sirvió de protección por los bombardeos de los aliados en la guerra. En síntesis, allí mataron y allí se escondieron. La observé de lejos, y ingresé. Pensar que 340 personas eran gaseadas diariamente me sobrecogió. Sus cenizas fueron usadas para engrase en diversas actividades del campo.
La guía polaca terminó con un par de frases su sentida narración y nos encaminamos a la camioneta para dirigirnos a Birkenau, el segundo campo- lugar de destino final de los detenidos-. Mi corazón estaba encogido. Tomé un par de notas, sobre todo, las palabras de la entrada de ese primer campo “Arbeit Macht Frei”- el trabajo te hace libre-. Al llegar, se entra por la parte de atrás del campo, dos grandes chimeneas y rezagos de construcción, evidencian las cámaras de gas que utilizaron los nazis para exterminar lo seres humanos que llegaron allí. Un monumento en muchos idiomas en homenaje a las víctimas:
“ Que ce lieu où les nazis ont assassiné un millon et demi d’hommes, de femmes et d’enfants, en majorité des juifs de divers pays d’Europe, soit á jamais pour l’Humanité un cri de désespoir et d’avertissement”.
"Que este lugar donde los nazis asesinaron un millón y medio de hombres. mujeres y niños en su mayoría judios de diversos países de Europa, sean para siempre para la humanidad un grito de desespero y de advertencia"
Caminé unos 7 minutos, hasta el puerto final de los prisioneros, lugar en donde la carrilera termina y donde miles de ellos descendieron luego de recorrer en algunos casos más 2400 kilómetros en vagones herméticamente sellados. Los Kapos escogían quien trabajaba y quien moría. Los niños eran enviados sistemáticamente a las cámaras. Generalmente los enviaban cantando. Las cámaras en aquella época se escondían detrás de un tupido bosque. Aún hoy si se cierran lo ojos se oyen los cánticos. Se oyen los niños.
Pensar que más de 100,000 personas vivieron en permanencia en ese campo, estremece el alma. La insalubridad era tal que los soldados alemanes no entraban en contacto con los prisioneros y nombraban otros prisioneros para tener interlocución. Este campo era una maquina de matar. Cuanta maldad, cuanto esfuerzo para matar pensé. Muchas preguntas vinieron a mi cabeza: ¿ Quien mantenía las carrileras, los trenes? ¿Quien los conducia? ¿Cómo esta maquina de complicidad criminal existió sin freno alguno?. Recordé el libro de “Jonattan Littel “Les bienveillantes”, Folio, 2006 que leí hace un par de años en donde se mostraba como la cultura y el conocimiento ni siquiera sirven de freno contra la insania, la maldad y la demencia.
Al fondo se percibe la entrada a la estación del tren. Miré al horizonte, miré de soslayo la carrilera. La guía terminó. Yo, al menos me voy-pensé- otros se quedaron para siempre.
2 comentarios:
Estremecedor relato y una historia que siempre debemos recordar, no olvidar y tener presente... postulo a uno de los mejores post del año... abrazos
Gonzalo
Gracias Gonzalo, La visita y el ambiente del lugar es muy duro. Las imagenes restarán toda la vida conmigo,
Un abrazo,
Pacho
Publicar un comentario