jueves, 29 de octubre de 2009

Ordenar para Controlar de la historiadora Marta Herrera



El libro "Ordenar para Controlar “Ordenamiento espacial y control político en las llanuras del Caribe y en los Andes Centrales Neogranadinos del Siglo XVIII "de la profesora Marta Herrera demuestra un trabajo bien logrado por su investigación rigurosa de fuentes primarias.

El libro se encuentra escrito en dos partes. La primera acerca de la geografía, el poblamiento y las estructuras de poder y la segunda acerca del ordenamiento espacial y el orden natural de la sociedad. Estas partes a su vez se desenvuelven en capítulos, entre los cuales se destacan la morfología del poblamiento, la noción de llanuras del caribe y los andes centrales, la organización política administrativa de los asentamientos, así como la naturaleza de los pueblos de indios en una y otra región, sus distinciones y, por último, el caso de los Chimilas en la costa norte de nuestro país.

Como el objetivo de este breve escrito no es abordar todos los aspectos que fueron analizados en el texto de Herrera, me propondré tratar los que, a mi juicio, son los más relevantes.

En cuanto al trabajo que realiza de las fuentes, la investigación es laudable por el análisis minucioso que sobre el archivo de Bogotá y Sevilla realizó la autora. Este trabajo además respondió a unos objetivos muy puntuales en la investigación en la cual son muy claros los planteamientos de las preguntas que se realiza y de las hipótesis que formula.

En cuanto al tema en concreto debe resaltarse que la distinción entre llanuras del caribe y Andes centrales es muy pertinente por cuanto el concepto de jurisdicción territorial era muy efímera como concepto global, más si lo era como concepto de pequeños espacios habitados, evento que explota Herrera de forma interesante. La autora señala: (…) para efecto de dividir las dos regiones analizó y contrastó la forma en como se percibió el medio ambiente geográfico, al igual que el doblamiento y su organización política-administrativa[1].

La Nueva Granada estaba conformada en el siglo XVIII por más del 94% de los asentamientos nucleados y solo cerca del 6% de los habitantes se encontraban en villas y ciudades[2]. Para efecto de saber el contexto poblacional, la autora muestra los tipos de asentamientos tanto para la población no indígena como para la población indígena.

Es así como en la población indígena se destacan los pueblos de misión y los pueblos de indios. En la población no indígena, las villas, las parroquias de blancos y los sitios[3].

En este punto quisiera explicar un poco estos fenómenos en el ámbito de lo que la autora define en el texto con posterioridad a esta enunciación.

Los pueblos de indios poseían una distribución especial en la cual debía existir una iglesia, una plaza, la casa del cabildo, la casa del cacique y fuera del perímetro urbano los resguardos, es decir, pedazos de tierra en donde los indígenas podían sembrar y tener a sus animales. En esos lugares, según Herrera no se vivía en contraposición a lo señalado por la profesora Diana Bonnet quien considera que esa discusión es artificiosa. En los asentamientos señalados existía una autoridad que era el corregidor en los Andes centrales y el capitán a guerra en las Llanuras del Caribe.

Esta distinción es importante para distinguir los dos lugares geográficos, toda vez que en los Andes Centrales no se encontraba el problema de control que si existía en el Caribe. Mientras en los Andes centrales los no naturales que vivían en los pueblos de indios[4] interrelacionaron los valores españoles con los de los nativos, en el Caribe la falta de densidad poblacional en los distintos lugares hizo que las autoridades civiles y eclesiásticas no se acercaran a esas agregaciones o rochelas lo que generó una desigualdad en cuanto a los efectos hispanizantes de unos y de otros. Esa razón es la base para la existencia de las capitanías a guerra y los corregidores, al tiempo de la colaboración de la población en el Caribe para con las autoridades o para ejercer justicia a mano propia, fenómeno que no se presentó en los Andes Centrales.

La simbiosis existente entre los nativos y los mestizos, zambos, mulatos y españoles permitió el surgimiento de los llamados orejones, sector de campesinos ricos- elite rural en formación-, que jugaron un papel primordial en la guerra de independencia contra los españoles en el siglo XIX.

En el marco de los pueblos, la plaza y la iglesia juraron un papel preponderante, allí se escogían las autoridades, se compraban y se vendían los alimentos, se protestaba, se cobraba impuestos, se censaba a la población y se dirigía el devenir de estos lugares. A mediados del siglo XVIII esos pueblos de indios en los andes centrales empiezan a ser devorados, evento que no ocurre en el Caribe.

En cuanto a las relaciones de trabajo entre los españoles y los indígenas debe advertirse que se presenta lo mismo que ocurrió con los yanaconas incas, los aztecas, los naboríes mayas de la Península de Yucatán. En ese caso, eran los mayordomos como denominaban los españoles[5] a los indígenas que les colaboraban como sirvientes, al tiempo que se convertían con el paso del tiempo en tributarios.

Por último, el trabajo realiza una aproximación a los indios Chimilas. En esta parte Herrera muestra como estos indígenas actuaron en las llanuras del Caribe, aunque con ese nombre se resumían todos los grupos indígenas de esa zona- orejones, pintados, alcoholados, guajiros, acanayutos, arahuacos, cocinas, tupes etc. al igual que los esclavos o los indígenas adoctrinados o ladinos que estaban siendo maltratados por los patronos- españoles. Esta última reflexión nos permite entender la dificultad de control político en las Llanuras del Caribe, contrario al acceso del control por la dificultad en el movimiento de los grupos en los Andes Centrales por el aspecto montañoso de ellos.

Como se ve, el trabajo de Marta Herrera da un panorama de las relaciones entre los indígenas, su estructura espacial y el control político que establecieron los españoles en estas tierras.



[1] Herrera, Marta, Ordenar para Controlar “Ordenamiento espacial y control político en las llanuras del Caribe y en los Andes Centrales Neogranadinos del Siglo XVIII, Instituto Colombiano de Antropología e Historia, Pág. 29, 2002.

[2] Idem, Pág. 17

[3] La distinción entre la parroquia y sitio se da al entender la parroquia como una asociación implícita entre el asentamiento nucleado y su administración religiosa. Esto quiere decir que para las autoridades coloniales, un asentamiento era como tal, si contaba con un párroco que cuidara de su feligresía. Mientras que un sitio era donde vivían los libres de todos los colores, y podía o no contra con un párroco o una iglesia.

[4] Acá se ve la gran diferencia que existía entre las leyes y la realidad por cuanto indios y no indios vivían de forma similar en el mismo lugar. Magnus Morner nos recordó en su momento que esa circunstancia era imposible a luz del ordenamiento que realizó todos los esfuerzos a través de las famosas leyes de separación.

[5] Esta denominación fue extraída de los documentos que la profesora Marta Herrera encontró en el archivo.

2 comentarios:

Gaviota dijo...

Muy interesante reseña Francisco. Gracias por la valiosa información. Sin duda será interesante revisar el texto.

fbarbosa dijo...

Como siempre, gracias por ese comentario y por visita recurrente a esta página,

Recibe un fuerte abrazo,

Francisco