
Foto tomada de la página http://www.terresdecrivains.com/Le-Procope-13-rue-de-l-ancienne
Por: Francisco R Barbosa Delgado
Esta vez les hablaré de un par de calles en Saint-Germain de Près que se encuentran entre cinquième y el sixième arrondissement . Como les decía, en el post anterior sobre París, les Halles es el lugar en donde comienzo y termino mis recorridos. Sin embargo, no sé por qué cada vez que tomo el bus quiero finalizar en Saint-Germain de Près o en el Quartier Latin. De hecho, debe ser una fijación por las librerías ya que cada vez que salgo del metro o bajo del bus, me encuentro con alguna o porque me siento feliz, inmensamente feliz cuando piso el Jardín de Luxembourg.
En fin, en esta ocasión quiero hablarles de dos calles o mejor de lo que se encuentra en dos pequeños espacios de esta gran ciudad. Una de ellas es la Rue de Saint- André des Arts que comienza con su plaza al lado del Boulevard Saint-Michel y termina en la intersección entre la Rue de la Ancien Comédie y la Rue de Buci. La segunda es justamente la Rue de la Ancien comédie- luego de su instalación en la Place del Palais Royal, antigua Rue de la Comédie-, cuando se trasladó el teatro de la Comedia en el año de 1688. Antes de ese año se llamó Rue Neuve-des-Fossés-Saint-Germain-des-Près.
En esa calle se entrecruza la historia de Francia del siglo XVI en un París que borró sus vestigios a través de múltiples reformas urbanas de finales del siglo pasado. Allí comenzaba el antiguo París de Louis- Philippe. Caminando por cada uno de sus senderos se encuentran pequeños rastros de lo que fue el hotel de Navarre donde vivió Margarita de Navarra, la reina Margot, hija de Catherine de Medicis y esposa del rey de Francia y de Navarra, Henri IV y quien fue reemplazada por la Reina Marie de Medicis, luego de la anulación de su matrimonio. Se encuentran balcones como el que sirvió al historiador André Dúchense quien logró la protección del Cardenal Richelieu para luego ser atropellado por una calesa en el año de 1640; remanentes de soplos de siglos y de historias como el de Miron, hijo del médico del desaforado rey Henri III o el del hermano del Cardenal de Richelieu o la de Jacques Coytier, antiguo médico de Louis XI quien fue juzgado por corrupción en aquella época en la cual los gatos que deambulaban con sus aullidos fueron masacrados en el año de 1730 como lo recuerda el magnífico libro de Robert Darnton.
En síntesis una calle en el cual brotan de sus recuerdos los gritos de un reino que se despedazaba entre católicos y protestantes, de disputas, de riñas, de desencuentros, de amores, desamores y espacios vacíos con sentido.
Unos dos o tres metros más adelante, se halla un pequeño sendero entre esta calle y la de la Ancien Comédie donde se emplazan varios cafés y se observa la parte trasera del Café Procope. Allí es común observar varios contrastes que van desde el turista desprevenido hasta el escritor frenético que sigue pintando las calles de París con palabras.
Salir del sendero es fácil. Si se va hacia el Boulevard de Saint- Germain o la estación de metro Odeón se debe tomar hacia la derecha para llegar a la Rue de la Ancien Comédie. Si el camino es el contrario se encuentra la intersección con la Rue Bucci y se gira hacia la izquierda.
La Rue de la Ancien Comédie debe caminarse con cuidado. Debe observarse de arriba hacia abajo. En el lugar en donde funcionó la Ancien Comédie se fijó una placa que muestra que allí se celebraban los actos cómicos desde el año de 1689 hasta el año de 1770 cuando fueron autorizadas las obras en el castillo de Tuileries. Fue inaugurado con la representación de Fedro y del “Médecin Malgré lui,”- “Médico a pesar de él- el 18 de abril de 1689.
En ese mismo edificio, en el No.8 se encontraba la imprenta de Jean- Paul Marat, director del periódico “L’ami du people" y uno de los agitadores y periodistas más nefastos del periodo revolucionario. Fue asesinado en su lugar de residencia cerca de allí, en 30 Rue des Cordeliers-
luego Rue Marat, actualmente Rue d'ècole de medicine- por Charlotte de Corday D'armont-
biznieta de Corneille- quien lo apuñaleó mientras Marat tomaba un baño para aliviar las escrófulas, producto de una repugnante infección en su piel. Paul- Jacques Aimé Baudry dejó el testimonio en una pintura que se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Nantes y que muestra la satisfacción y la angustia de Charlotte ante la muerte de Marat, sabiendo que su propia cabeza caería como cayeron las de los reyes y las de los hijos de la revolución. También en ese inmueble vivió Flora Tristán, abuela de Paul Gauguin, que Vargas Llosa inmortalizó con su novela “El paraíso en la otra esquina”.
En el inmueble 21 vivió el doctor Guillotin diputado de la Asamblea, creador de la Guillotina, instrumento con el que se cumplieron de forma eficaz los suplicios en los albores de la revolución. Murió víctima de su propio invento.
Al girar la cabeza se percata en el número 13, la existencia del café más antiguo del mundo, el “Café Procope”-
fundado en el año de 1686-, que sirvió de lugar de reunión en múltiples momentos de la historia de Francia. Se fundó por François Procope quien aprendió el oficio de un armenio quien trajo la cultura del mundo árabe al mundo europeo. Comenzó el negocio, aprovechando que la Comédie se encontraba al frente de su establecimiento.
En París se encuentran situados una multiplicidad de cafés. Están los que se encuentran alrededor de la Place Royal- el le Foy- que evocan como dice Lecoq la libertad y el fin del antiguo régimen; están los de los boulevards que traen a la mente la festividad imperial; están los del Montmartre que glorifican la bohemia que muestra Patrick Modiano en sus historias, Amalie Poulain y los impresionistas como Loutrec y, por último están los de Saint-Germain de Près como el Deux Magots o Flore que bosquejan el París ocupado y el París liberado o el existencialismo de Sartre, Beauvoir, Camus o Sagan y el estructuralismo de Deleuze, Foucault o Levi- Strauss. El Procope no cabe dentro de ninguna de estas categorías porque fue el origen de los demás. Su espíritu se dispersó en cada uno de los cafés que rodea la capital. Su alma impregnó lo que tocó. Su alma nos sigue tocando.
Montesquieu dijo en el 1721:
«Si j'étais souverain de ce pays, je fermerais les cafés car ceux qui fréquentent ces endroits s'y échauffent fâcheusement la cervelle”
“– Si yo fuera soberano, cerraría los cafés pues aquellos que los frecuentan se calientan rabiosamente el cerebro-“
Y sí que tenía razón. El Procope lo comprueba.
Por sus salones pasaron los grandes creadores del seiscientos como La Fontaine, luego los enciclopedistas como Voltaire, Montesquieu, Cordocet, Rousseau, Diderot, D’Alembert. Benjamín Franklin discutió su proyecto de Constitución para los Estados Unidos en algún recodo del lugar. Los revolucionarios se dieron cita a través del Marques de Mirabeau, de los Cordeliers y de los Jacobins de Robespierre, Saint- Just, Hebert, entre otros, quienes provocaron a un pueblo a través de la utilización de la palabra y de la utilización del gorro rojo que se extendió por parte de los sans-coulottes. De allí salió la turba el 10 de agosto de 1792 al Château de Tuileries para castigar para siempre la sangre real.
Tiempo después pasaron por su mesas, el paleógrafo M. Étienne Charavay, el escritor Anatole France, el poeta Verlaine, Musset, Alfred de Musset, George Sand, Gustave Planche, el filosofo Pierre Leroux y M. Coquille, rédactor del "Le Monde". En la época del segundo imperio Vermorel y Gambetta llenaron sus salones de críticas contra el modelo liberal, poniendo sobre la mesa sus reformas sociales.
En el año 1874, el Procope cerró y la tertulia pasó a los grandes Boulevard de Paris del 9e arrondissement donde se establecieron el Café de Madrid, el Riche y el des Variétés. En ellos, Flaubert, Balzac, Dumas y Poincaré dejaron su impronta.
Un buen homenaje al Procope fue escrito por Louis- Sébastien Mercier quien en su periódico «Le Bien Informé» del año 6 VII ( 25 de Enero de 1799) explicó la razón por la que siempre el teatro y el café estuvieron atados en su infancia:
«Ce fut en 1757 que j'allais entendre, pour la première fois, nos acteurs tragiques et comiques. J'entrais le premier au parterre, j'en sortais le dernier. Nous formions comme une phalange de jeunes littérateurs. De là on se rendait au café Procope, et l'on dissertait sur l'art. Il y a encore là un vieux garçon qui tient le fourneau et qui, en versant ma demi-tasse, me reconnaît, et me dit à l'oreille: «Les beaux jours sont passés.»
“ Fue en el año 1757 que yo iba a escuchar por primera vez nuestros actores trágicos y cómicos. Entraba de primero al teatro y salía de último. Nosotros formábamos una falange de jóvenes literatos. De allá uno se dirigía al Café Procope y uno disertaba sobre arte. Aún hoy se encuentra un viejo mesero que teniendo el hornillo y que vertiendo mi media tasa, me reconoce y me dice al oído: “Los bellos días han pasado”.
En fin, estas dos calles y sobre todo, el Procope me recordaron que alrededor de este París que respira, que mira, que habla, que susurra palabras al oído, está el transfondo cultural que recuerda que detrás de un café aún subsisten la enciclopedia, la revolución, el amor o el desamor.