martes, 4 de enero de 2011

Columna de William Ospina: "Ciudades y sueños"

AL COMIENZO NADIE PARECE DARSE cuenta de que ese viejo bohemio ha empezado a tocar danzas húngaras en su acordeón, pero al poco tiempo ya las personas están siguiendo con el pie o con las manos en las rodillas el ritmo de la música. 

Una mujer mayor lo sigue con su pandereta, que después utilizará para recibir las monedas. Sólo hay trescientos músicos acreditados oficialmente cada año para tocar en los vagones y en los pasadizos del metro de París, pero eso es lo que hay en un sólo día en los sótanos de la ciudad. De modo que muchos transgreden la ley, y hacen bien: los policías casi siempre fingen no enterarse.

La música hace falta en medio del tumulto de los vagones. La gente va amodorrada en estos días en que amanece tan tarde, en que anochece tan temprano, y la multitud con el alma sombría sabe que el otoño está más frío que de costumbre, que ya viene el invierno, que en pocas semanas el mundo se volverá más triste.

Ayer, al llegar de Madrid, vimos los nubarrones grises que se cernían sobre el aeropuerto de Orly, y alguien dijo casi por travesura: “Parece que fuera a nevar”. ¿Nevar, en pleno noviembre? Una broma, claro. Pero el cielo no lo consideró así, y esta mañana empezó a nevar sobre Francia. Es verdad: en cada copo de nieve está Victor Hugo, en cada hoja que se desprende de los árboles está Verlaine, en cada farol está Gerard de Nerval, y en cada chimenea encendida está Paul Jean Toulet, el gran poeta francés que sólo leemos los latinoamericanos.

Cae la nieve sobre París en noviembre, y el alma se llena de canciones melancólicas de hace treinta años. Ahora los jóvenes no saben estar melancólicos. La melancolía, “la felicidad de estar triste”, como la llamaba Victor Hugo, ha sido cambiada por la depresión o por las adicciones que son típicas de esta época.

París, en cambio, sigue siendo París, y bajo la nieve se parece más a sí misma. El viejo músico del metro pasa de las danzas húngaras a los boleros. “Ya no estás más a mi lado, corazón, en el alma solo tengo soledad …” y los rostros se dulcifican en este abigarramiento de abrigos, chaquetas, gabanes, sombreros, casquetes y bufandas.

Mucho ha cambiado la ciudad. Yo nunca había visto una congestión semejante a ciertas horas en los túneles del metro y ante los pasillos eléctricos. Hay más inmigrantes que nunca, pero se los siente más incorporados a esta sociedad. Y París sigue con su fascinante manera de asilar al mundo, las músicas del mundo, los libros del mundo, los problemas del mundo.

Uno de los que más mencionan los diarios es el del tráfico de drogas. ¿No que era un problema latinoamericano? Aquí en los grandes centros de distribución de la droga se descubre que el consumo sigue creciendo y que los principales traficantes y vendedores son franceses. Ello nos obliga a entender que no hay sociedad inmunizada contra ese mal, aunque tal vez estará más cerca la solución cuando sociedades como la francesa empiecen a advertir el fracaso de la absurda guerra contra las drogas que se libra en el mundo desde hace unas décadas.

Por las calles vuelven a pasar las manifestaciones, en los suburbios sigue incubándose la inconformidad, en las mesas de café se debate interminablemente sobre Sarkozy, sobre Berlusconi, sobre la crisis de Irlanda o de Grecia, sobre la decadencia de Occidente. Pero es que todas las ya viejas verdades que llevamos décadas cantándoles en la cara a las supersiticiones de progreso de la sociedad occidental se han hecho carne y verbo y han ganado el premio Goncourt en la prosa de Michel Houellebecq, ese Baudelaire de Monoprix, ese cisne sombrío del tedio de las banlieus y del horror de la sociedad industrial.

Sí, Sarkozy quiere expulsar a los gitanos, Francia sigue preguntándose si prohibir las burkas y los velos, pero el viejo bohemio sigue tocando su acordeón en el metro, y un coro de recios hombres rusos llena con su voz los pasadizos subterraneos. Para nosotros, están rindiendo homenaje al viejo altivo y poderoso que hace cien años se dejó morir en una estación de trenes, en Rusia, bajo el sudario de la nieve.

Van a intentarlo, pero no podrán expulsar de Francia al mundo. Y no lo harán porque Francia no quiere. Basta leer a Flaubert, a Sartre, a Voltaire, para saber que aquí, en esta ciudad, más que en muchas otras, está el universo. En ningún lugar el viajero se siente más dueño de las cosas públicas, de los parques, de las estatuas, de los árboles, del río, de esas músicas que vuelan sobre nuestras cabezas y nos hacen creer en tiempos mejores.

Y con este frío, y con esta nieve de noviembre que todos corren a fotografiar si se tratara de un milagro, porque de verdad se trata de un milagro, París vuelve a ser lo que era hace ya muchos años.  No ni siquiera la ciudad que vivimos y padecimos en la adolescencia, es más bien la ciudad que soñábamos cuando éramos niños.
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