

Hace unos días regresé de Portugal en donde me encontraba en una Conferencia Internacional sobre el Programa Alban de la Unión Europea y en donde presenté una ponencia sobre el margen de apreciación en la jurisprudencia de la Corte Interamericana y Europea de derechos humanos, tema que he venido desarrollando en mi tesis doctoral en la Universidad de Nantes y en mi trabajo de profesor e investigador en la misma Universidad.
Sobre este viaje plantearé dos cosas. Una tiene que ver con la conferencia y la otra sobre mi impresión sobre este país. En primer lugar la Conferencia se realizó en la ciudad de Porto en la cual se reunieron los becarios latinoamericanos en Europa. Las discusiones versaron sobre los trabajos doctorales que se están adelantando desde diversos tipos de conocimiento. Las conversaciones sobre nuestro continente, las preocupaciones, la imbricación de las perspectivas investigativas en nuestro mundo, fueron parte de todo el engranaje de la conferencia. Desde el punto de vista profesional y personal fue enriquecedor conocer un grupo de latinoamericanos que se destacan fuera del continente. En síntesis me renové.
En cuanto a mi idea sobre Portugal debo decir que me impresionó por su estructura heteróclita. Porto, donde se realizó la conferencia es una ciudad múltiple, llena de colores, de imágenes, de contrastes. Tiene un impresionante aeropuerto, un metro moderno, pero al mismo tiempo tiene un cúmulo de imágenes de pobreza a la que estamos acostumbrados los latinoamericanos.
Me alojé un pequeño hostal llamado “Grande Océano” en rua da fábrica 45, en pleno corazón de Porto. Desde mi habitación, la imagen del centro de la ciudad era impresionante. Al salir del hostal me encontraba la gran avenida de la libertade que permite observar el centro de la ciudad. Cerca de allí se encuentra la igreja e torre dos clérigos construida en el siglo XVIII por el arquitecto italiano Nasoni, la estación de tren de Sao Bento poblada con salas llenas de azulejos, la catedral de Se, que se encuentra enclavada en una fortaleza del siglo XIV, el teatro Rivoli, entre otros. Luego se recorre en la parte de arriba de la ciudad, la hermosa librería “Lello”, la iglesia de las Carmelitas con su muro de azulejos. Hacia el puerto la iglesia de sao Francisco con su vista hacia el rio Douro y hacia los puentes Don Luis I y de Sao Joao y el otro lado de la ciudad. De ahí se destaca el restaurante “Chez lapin” con su arroz de pato y el vino porto, creación napoleónica cuando las tropas no podían hacer llevar el vino de Bordeaux porque los ingleses bloqueaban el paso, lo que condujo a los franceses a obligar a los portugueses a hacer el vino. De hecho existe una importante cultura francesa en su seno al punto que el plato típico de esta región se llama “la francesiña”.
Saliendo del centro se destacan los castillos de protección de la ciudad, que me recordaron a Cartagena de Indias y las hermosas playas que rodean la ciudad y permiten observar la desembocadura del Río Douro en el Atlántico.
A seguida cuenta, viajé hacia el sur donde se encuentra la hermosa ciudad de Coimbra con su Universidad empotrada en una colina y más abajo la ambivalente y colorida ciudad de Lisboa.
Lisboa, lindo nombre. Allí me alojé en la Pensao Praca de Figueira en el corazón de la ciudad. Una ciudad que respira Pessoa, Saramago, Fado y saudade. La recorrí con por sus diferentes calles a pié y en su centenario tranvía. Sus calles y sus plazas traen a la mente un mundo que como latinoamericanos ya no conocemos. Al mismo tiempo tiene una sombra europea que la cobija cambiándole los colores, como los edificios o como la ropa que es colgada desde los balcones de cualquier rincón de la ciudad.
La plaza de Don Pedro IV que de hecho no tiene al rey sino al emperador Maximiliano- equivocación del escultor francés-, aunque el asunto no le cause gracia a los eruditos portugueses es una joya arquitectónica. En la misma se encuentra el Teatro de la Opera de Portugal. En esa plaza el 25 de abril de 1974, un vendedor de flores le ofreció un bouquet de claveles a un soldado significando el fin de la dictadura de Salazar, por ello se denominó la Revolución de los claveles. A su lado, la Plaza de Figueira con su estatua de Don Joao I, el barrio de Baixa y la hermosa plaza de Comercio con una puerta hermosa que le daba la bienvenida a los comerciantes a Lisboa. A la derecha de la plaza fueron asesinados en el año de 1905 el rey Carlos I y su hijo el príncipe heredero. Con ello se puso fin a la monarquía. En la parte izquierda de la plaza, se encuentra el hermoso y significativo café “Martinho da Arcada” monumento portugués construido en el año 1782 y en donde el poeta lisboeta Fernando Pessoa trabajaba. Así mismo, en ese lugar se daban cita escritores como José Saramago y Jorge Amado. Lo reconozco, mirar esa plaza, ese café, leer el libro de Saramago “Peregrinations Portugueses” daba escalofrío, daba saudade dirían los portugueses con un Fado de Fondo de Amalia Rodríguez.
Saliendo del centro se recorre el Bairro Alto, el Chiado y el Cais dos Sodre. Recorrer esas calles es recuperar en la memoria el filme de Wenders sobre Lisboa que me llenó de emoción hace muchos años en alguna de esas salas de cine-arte en Bogotá. Vale la pena, pasar por el Café “A brasileira”, donde Pessoa y la vida cultural portuguesa pasaron. También deben utilizarse algunos de los funiculares que permiten subir de un lado a otro de la ciudad, como el elevador de San Justa o el funicular da Bica. También debe tomarse el tranvía No. 28 y subir hacia Alfama para tener una visión panorámica de la ciudad de Lisboa desde el Castelo de Sao Jorge. Debe recorrerse Lapa y Madragoa y terminar en la avenida da libertade con la hermosa plaza del Marques de Pombal.
Terminar Lisboa es dirigirse hacia a Belem para visitar el impresionante Monasterio dos Geronimos que condensa el mundo occidental con la riqueza arquitectónica árabe que observé en el Palacio central de Sintra a 40 minutos de Lisboa. Al lado del Monasterio donde se firmó el tratado de Lisboa se encuentra la iglesia donde reposa el cuerpo del conquistador y navegante Vasco Da Gama. Con posterioridad, debe conocerse la torre de Belem que permite una visión esplendida del Puente 25 de Abril- antes Puente Salazar- y, por último, dirigirse al Palacio de Ajuda, lugar en donde vivió la monarquía portuguesa a partir del siglo XIX.
En fin, un viaje académico y profesional que deja un inmenso suspiro, en un lugar en el cual por los menos una vez en la vida, deben ponerse los pies.