martes, 14 de abril de 2015

Crónica de Marco Antonio Campos en "La Jornada de México": "El filántropo Santa Anna en Turbaco

Leyendo el primer libro de la trilogía de la historia republicana de México de Enrique Krauze "Siglo de caudillos" me enteré que el dictador y 11 veces presidente de México en el siglo XIX había vivido en Turbaco (Bolívar) en Colombia entre 1850-53 y entre 1855-58. 

En el diario "La jornada" de México del 3 de abril de 2005, se escribió la siguiente crónica por Marco Antonio Campos. La transcribo porque es maravillosa. Según este texto, el dictador y leyenda de México cuasigobernó el pueblo de Turbaco durante su estancia en esa población colombiana.




"Se halla a cosa de una hora de Cartagena de Indias. Con el periodista Eduardo Cruz, actual agregado cultural en Colombia, y Edelmiro Franco, corresponsal de Notimex, en un taxi alquilado nos dirigimos a Turbaco, a ver dónde vivió dos periodos de su vida Antonio López de Santa Anna, el Carlos Salinas de Gortari, multiplicado por once, de nuestro siglo xix, es decir, el personaje más vilipendiado desde cualquier ángulo de nuestra historia. 

En Turbaco vivió dos periodos: uno, de 1850 a 1853, y otro de 1855 a 1858. En el primero hubiera seguido allí, si a Lucas Alamán y a las cabezas del partido conservador no se les hubiera pasado por la cabeza la idea de traerlo de nuevo a México. 

Se envió una comisión, encabezada por el general Antonio de Haro y Tamariz, con una carta de Alamán donde se le ponían varias condiciones para volver a la presidencia: proteger los bienes del clero y de los grandes propietarios, no rodearse de una corte de aduladores que sólo buscaban su provecho propio y no irse a encerrar por temporadas a su casa de Tacubaya y a su hacienda veracruzana de Manga de Clavo dejando la máxima autoridad de la República en manos de sus incondicionales ineptos. 

Santa Anna ascendió a la presidencia, que para él sería la última, el 20 de abril de 1853. Es decir, de finquero y gallero y monte de piedad en el Caribe colombiano pasó a convertirse en menos de nueve meses en presidente, inmediatamente en dictador y en el mes de diciembre, ya enloquecido, en Su Alteza Serenísima.


Es un día cálido. Nos dicen que en un tiempo el pueblo fue más frío. Santa Anna buscaba entonces algo que se pareciera a su hacienda veracruzana.

Llegamos al pueblo. La alcaldía está cerrada. Decidimos ir a la escuela. Es una secundaria. Preguntamos al prefecto (supervisor se le dice en Colombia) por el maestro de literatura o de historia. Nos lleva a un salón de clase. "Es ése", nos señala a un joven de tez morena oscura. Lo llamamos. Sale. No, no sabe nada, nos dice. Nos trata muy amablemente y nos acompaña hasta la puerta de entrada de la escuela. Le pide al prefecto que nos lleve a casa del profesor Enrique Carrascal. La casa se halla a la vuelta de la esquina. "¿Y qué clase de literatura o de historia da usted?" "No", repone despidiéndose. "Doy matemáticas y física."
Llegamos a casa del profesor Carrascal. Por una enfermedad extraña su rostro está lleno de nudos y de bolas. Nos recibe con abierta amabilidad. Le explicamos quiénes somos y le preguntamos si sabe dónde quedaban la casa y la finca de Santa Anna. "Sabemos que ese señor vivió aquí, sí, señores", dice como tratando de fijar algo que se vuelve vagaroso en su memoria incierta. 

"Fue, creo, por 1870".
—No, estuvo aquí dos veces en la década de los cincuenta del siglo XIX.
Después de aclararnos que él es poeta y no historiador ("mi último poema lo escribí para la celebración de una niña de quince años"), nos da dos señas importantes: la actual alcaldía fue la casa de Santa Anna y existe un libro de historia de Turbaco. "Pero el que debe saber bien de esas cosas es Medardo Arellano, que tiene un puesto de cervezas y refrescos frente a la alcaldía".


Me empiezo a sentir como en un cuento de Los funerales de la mamá grande.

En efecto, nos dice Medardo Arellano con gran seguridad mientras barre su puesto, ese señor mexicano vivió aquí e hizo mucho por Turbaco. Su finca se llamaba La Habana. "Estaba hacia allá", y nos señala calle abajo. "Fundó el cementerio y su casa era la actual alcaldía. Hizo muchos compadres por acá", añade amablemente. Edelmiro Franco, siempre sonriente, como si estuviéramos actuando de personajes incidentales en una novela de la picaresca caribeña, tiene encendida la grabadora y no deja de tomar notas. Eduardo Cruz pone cara de creerlo todo. "No hay como tener y dejar compadres en un sitio", comenta Eduardo.

De súbito, garcíamarquesianamente, se aparece de nuevo el prefecto de la escuela montado en una bicicleta llevando en la parrilla a un joven de unos treinta años. "Este fue el que escribió el libro sobre Turbaco", dice el prefecto. Le preguntamos su nombre: 

"Francisco Hoyola, pero me dicen Pacho Listo".

—Mucho gusto, Pacho Listo —nos presentamos.
Nos cuenta que, en efecto, Santa Anna compró la casa que es ahora la alcaldía e hizo notables obras para el pueblo como ayudar económicamente para volver carreteable el camino a Cartagena, reconstruir y ornamentar la iglesia y darle forma a un confuso cementerio. En su finca (que verdaderamente se llamaba La Rosita, por el nombre de la hija), había cría de ganado, se cultivaba tabaco y se producía azúcar. Llegó a haber más de cincuenta trapiches. Miles trabajaron en la finca.

"Todo con dinero robado al pueblo mexicano", pienso, pero no lo digo para no ofender.
—Fue famoso como gallero —apunto—. Su deporte favorito eran las peleas de gallos. —En Turbaco, en todo el departamento de Bolívar, abundan los galleros —contesta Pacho Listo. —En los palenques se hallaba en su elemento —me atrevo a decir. —En el Memorial, que escribieron los turbaquenses, se mencionaba su regreso en 1855 como "un don de la Divina Providencia". El Memorial está reproducido en mi Historia de Turbaco.
Pacho Listo dice al prefecto que vaya a buscar el libro. El prefecto se va en friega en la bici. 
"Se tiraron cien ejemplares. Es ahora libro de texto", comenta ufano Pacho Listo.
Preguntamos si cien ejemplares alcanzan para los alumnos.
—Se le dio a cada biblioteca uno para consultar.

Y comentamos entre nosotros por lo bajo si en Turbaco habría cien bibliotecas.
En friega salió el prefecto y regresó en friega. Trae el libro que parece más un folleto.
Cruzamos la calle para ver de cerca la alcaldía. Junto a la puerta hay una placa del 2002 puesta por el Ministerio de Cultura:

EN ESTA CASA VIVIÓ ANTONIO LÓPEZ DE SANTA ANA

Tan enterados estaban históricamente que se les olvidó una ene.
Leyendo el folleto sobre Turbaco percibimos que la casa es esencialmente la misma: el techo de tejas de barro colorado, el amplio corredor exterior y las columnas cilíndricas. Por esas bromas históricas involuntarias, como si se quisiera recordarle a Santa Anna su primer gran episodio negro en la historia mexicana, al inmueble se le conocía y se le conoce como La Casa de Tejas.

Pacho Listo nos dice que la calle se llama también Antonio López de Santa Anna. Mientras saca fotos, Edelmiro pregunta en qué esquina o sitio hay una placa con el nombre. "No hay, pero la gente está más acostumbrada a decirle calle de la Alcaldía".

El Memorial del 17 de febrero de 1858 de los turbaquenses, único documento auténtico, está dirigido a Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y se le da trato de Vuestra Excelencia. En él los turbaquenses lamentan profundamente su partida y recuerdan cómo ayudó a todos: al pobre, al viejo, al joven, al marinero, al presidiario. 

Gracias a él, en cinco años, de 1851 a 1856, la población se duplicó de 2 mil a 4 mil habitantes. Donde hubo chozas y solares se alzaban ya casas grandes y cómodas.

Nos dirigimos a sacar fotocopias de las páginas sobre Santa Anna escritas en el folleto. Don Enrique Carrascal quiere que también copiemos su poema a la niña de quince años. "A ver si me ayudan a publicarlo en México", nos dice a Eduardo y a mí. Contestamos que el poema en México sería muy bien recibido.
Pedimos a Pacho Listo que nos acompañe en el taxi al único cementerio prosantanista de América.

En el cementerio sólo encontramos tumbas del siglo xx. Es un cementerio feo rodeado de casas que dan la impresión de formar parte del cementerio. De una de las casas colindantes sale de una radio música de vallenato como para levantar a los muertos y ponerlos a bailar. Empiezo a dudar dónde empieza Turbaco y dónde Macondo. Eduardo Cruz y yo caminamos hacia el fondo del cementerio. La música parece rebasar la barrera del sonido. "Si al menos fueran vallenatos de Rafael Escalona y Alejo Durán", comento resignado.

Se oye de pronto un grito de Pacho Listo: "¡Aquí está enterrada una de las descendientes de Santa Anna!" Hasta ese momento creíamos que sólo había dejado compadres. Entre escépticos, ilusos e ilusionados Eduardo Cruz y yo nos encaminamos a la entrada del camposanto. La mujer enterrada tiene el nombre de Luisa Elvira Espinosa Marrugo (1905-1989). "Fue su nieta", dice Pacho Listo. Las fechas no cuadran. Indagando en La historia de Turbaco parece que era su tataranieta: biznieta de su hijo natural Ángel López de Santa Anna.

Nos despedimos. Subimos al taxi para dirigirnos a Palenque, tierra de negros, donde Edelmiro entrevistará a Evaristo Márquez, quien actuó con Marlon Brando en Quemada, la película de Gillo Pontecorvo. Mientras miro desde la carretera el paisaje hermosamente verde recuerdo las líneas finales del Memorial, en las que se lee que por sus grandes obras y aportaciones al pueblo, "queda demostrado que en el corazón de Vuestra Excelencia [Antonio López de Santa Anna] se encuentra todo lo grande, todo lo bello, todo lo sublime, todo lo heroico". Sólo su poeta oficial, Ignacio Sierra y Rosso, y su poeta medio oficial, Francisco González Bocanegra, se hubieran atrevido a tanto en México.

El año siguiente, en 1859, ya estando en Saint Thomas, en las Bahamas, Santa Anna se enteró de que el caudillo liberal Cipriano de Mosquera, amigo de Benito Juárez, había confiscado la finca La Rosita y ordenado estrangular todos los gallos".

Tomado de http://www.jornada.unam.mx/2005/04/03/sem-anna.html

lunes, 13 de abril de 2015

Columna de Francisco Barbosa en "El Tiempo": Tortura en México: ¿actividad generalizada?

El reciente informe del relator de tortura de la ONU, Juan Méndez, manifestó que en México existe “un patrón de torturas generalizada” por la constatación de esa práctica en 14 casos. La reacción del Gobierno mexicano, en cabeza del subsecretario para Asuntos Multilaterales y Derechos Humanos de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), Juan Manuel Gómez Robledo (apoyados por el canciller José Antonio Meade), fue enérgica.
Atacaron al relator Méndez de no ser objetivo. A esta crítica debe añadirse la realizada por el Gobierno australiano, que también considera inaceptable lo expresado por el experto en el caso de la política que tiene ese país frente a los migrantes.

Interesa de esta situación dos aspectos que deben tomarse en cuenta frente a este tipo de informes que día a día terminan siendo motivo de discordias para los países que sufren las críticas.
El primero es que los informes, más allá de su discusión puntual, han ayudado a elevar los estándares de civilidad y de respeto de los derechos humanos en los diferentes países. Un ejemplo de esto se da frente a las sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que han permitido que los Estados, entre ellos México y Colombia, construyan políticas públicas alrededor de la capacitación de sus fuerzas policiales y armada en derechos humanos. Del mismo modo, se han realizado grandes avances desde el punto de vista constitucional en la incorporación de figuras jurídicas como el bloque de convencionalidad. De todo eso se ha beneficiado nuestra región.
El segundo es que a pesar de la importancia de esos instrumentos internacionales, tanto de carácter judicial ─hard law─ como de carácter político ─soft law─, la ONU ha sido poco objetiva con los avances en temas sensibles de derechos humanos frente a algunos países. Acusar a un país como México, potencia cultural, histórica y económica de nuestro continente, de practicar de forma generalizada la tortura es ir demasiado lejos.
No hay sino que recorrer el territorio mexicano y observar que esta práctica aislada existe en ciertos territorios como en la zona de frontera con Estados Unidos, en algunos municipios de Guerrero, Michoacán, pero no de patrones generalizados.
¿Puede un “experto” decir que existen esos patrones generalizados del uso de la tortura en un país de 122 millones de habitantes, cuando constató 14 casos? ¿Es científicamente correcto llegar a esas conclusiones?
En Colombia conocimos, y aún conocemos, las generalizaciones internacionales que nos han hecho tanto daño. México, Colombia, Brasil y otros países de la región se caracterizan por algunas malas prácticas institucionales, desigualdad, mala distribución del ingreso y patrones de irrespeto de derechos humanos. Sin embargo, decir que son Estados fallidos por parte de organismos internacionales es inaceptable. América Latina tiene una riqueza histórica y cultural que le ha permitido sobreponerse a su destino. Los organismos internacionales, entre ellos la ONU, deberían más allá de atacar, coadyuvar a América Latina a trabajar para reducir los problemas que la aquejan.
La ONU ayudaría más si mide las palabras y evita generalizaciones. Hasta la pacífica y tranquila Australia reaccionó. Esta entidad internacional debería ser más proactiva para que los Estados sean sus aliados en la estrategia de mejorar estándares de civilidad y evitar el fomento de la discordia, factor lejano a sus objetivos fundadores.
Francisco Barbosa
Ph. D. en Derecho Público (Universidad de Nantes, Francia), profesor de la Universidad Externado de Colombia. @frbarbosa74 margencultural.blogspot.com

Columna de Francisco Barbosa en "El Tiempo": Acción de tutela, ¿víctima colateral del escándalo en la Corte?

La crisis en la justicia no solo involucra los magistrados de la Corte Constitucional y sus malas prácticas. La acción de tutela que ha sido el patrimonio jurídico y cultural de los colombianos también ha sido puesta en juego por cuenta del escándalo. El hecho de que la lamentable crisis se generara por un presunto soborno en una acción de tutela ─Fidupetrol─, lleva a reflexionar sobre el daño que se le causó.
Es cierto que desde 1992 se han interpuesto más de 6 millones de acciones de tutela, pasando de 60.732 en 1992 a 454.500 tutelas en 2013, dándole al ciudadano la posibilidad de tener respuestas prontas y rápidas a sus dificultades, pero también lo es que lleguen anualmente a la Corte Constitucional más de 1 millón de tutelas y esta corporación escoja en promedio 1.000, con criterios bastante subjetivos y sin ninguna veeduría que verifique las razones de la selección.

Las consecuencias contra la tutela podrían explicarse a través de tres ejes.
El primero, el desestimulo que le produce al ciudadano el hecho de observar que esa acción es motivo de transacción en las altas cortes. Peor aún, este aspecto tendría a su vez dos consecuencias: i) conduciría a la idea de que los derechos cuestan y que pueden ser objeto de negocio y ii) originaría una reacción ciudadana de fomento a la justicia privada o en mano propia, en la medida en que se observa una desvinculación del Estado con los ciudadanos y sus controversias. Añadiría que el paro judicial de 73 días que vivió el país a finales del año 2014 y este año, atizó la desconfianza frente al aparato judicial.
El segundo, la idea que le producirá a los jueces de primera instancia, promiscuos, los magistrados de tribunal y los abogados que mirarán con desdén los precedentes constitucionales emanados de la que era hasta hace poco, la Corte más relevante del país. Esta circunstancia llevará a una anarquía jurisprudencial por cuanto la autoridad que generaba la Corte era el origen de su acatamiento. Cuando no se da ejemplo, no se siguen los parámetros.
El tercer eje: el fomento del fenómeno de corrupción por parte de los funcionarios judiciales que no tendrán freno ético, ni moral para adelantar transacciones con la tutela. Es una realidad que si los fenómenos de corrupción no son detenidos en las altas instancias, se fomentan en las pequeñas causas jurídicas.
La única alternativa para que se acoja con respeto una acción esquilmada y maltratada por los magistrados en este escándalo es la de solicitar que se vayan quienes denostaron e intentaron quemar moralmente el Palacio de Justicia. Una nueva idea de país tiene que surgir de esta crisis, la acción de tutela y las instituciones judiciales deben recuperar su decoro. Esta salida sería una alternativa para que se revitalicen las instituciones y se pueda cambiar las prácticas vitandas que se convirtieron en la regla en esta Colombia fracturada
Francisco Barbosa
*Ph. D. en Derecho Público (Universidad de Nantes, Francia), profesor de la Universidad Externado de Colombia.

@frbarbosa74

margencultural.blogspot.com

Artículo de Francisco Barbosa en "El Tiempo: Carlos Gaviria, muerte de una idea constitucional

La muerte de Carlos Gaviria Díaz es un suceso lamentable para el país. Concluye la obra de un jurista, de un hombre de cultura que a través de una idea constitucional definía, con virtudes y defectos, los pilares de nuestro pacto político de 1991.
La vida de Gaviria fue rica en múltiples sentidos. Profesor, decano y vicerrector de la universidad de Antioquia, activista de derechos humanos, juez, magistrado, político y por supuesto, hombre de cultura. La más fulgurante fue la de magistrado de la Corte, las otras fueron facetas relevantes para moldear su pensamiento crítico que terminó exteriorizando en su paso por la judicatura.

Como magistrado se expresó en múltiples ocasiones sobre los derechos humanos y su lucha por la integración del ordenamiento jurídico internacional al sistema interno de derecho del cual resurgió “El bloque de constitucionalidad”. Se destacó por su postura frente a la dramática situación de las cárceles en la construcción de la doctrina del “Estado de cosas inconstitucionales” y la defensa de las minorías.
Fue un abanderado del control político de los decretos legislativos que se expiden en virtud de los estados de excepción, por el desdén que sentía por el estado de sitio que marcó gran parte del funcionamiento constitucional del siglo XX. De hecho su lucha en los años 80 por la defensa de los derechos humanos lo llevó al exilio en Argentina. Era la época de luchas al lado de Leonardo Betancur y Héctor Abad Gómez con quienes entendía que el derecho era útil en la medida en que se realizara.
Defendió con ahínco y pasión el “libre desarrollo de la personalidad” en sentencias como la legalización del uso de la dosis personal de droga, la eutanasia o muerte digna, la despenalización del aborto y su defensa a ultranza de la autonomía universitaria. Sus ideas las pudo materializar en un acerbo cultural incorporado en decisiones que conquistaron un espacio liberal en el pensamiento jurídico colombiano.
Su lucha continuó en la política a través de su militancia en el Polo Democrático Alternativo, en el ejercicio parlamentario y una candidatura presidencial que atrajo votantes de diferentes sectores. De nuevo, sus ideas liberales andaban de tránsito hacia el debate público; hacia la reflexión democrática y participativa.
Carlos Gaviria se va dejando un país envuelto en una institucionalidad judicial fracturada. Un presunto escándalo de corrupción en su amada Corte Constitucional lo entristeció en sus últimos días.
A pesar de su empeño por dejar la imagen de una Corte Constitucional en un alto pedestal, esta se fraccionó. Las instituciones no perviven simplemente evocando su historia. Lo que se requiere para que se preserven los legados son hombres y mujeres que encarnen sus ideas. Si esto desaparece, las instituciones se desvanecen.
Con la desaparición de Carlos Gaviria muere una idea constitucional, un modelo de ilustración y decencia republicana, además de una postura democrática definida. Ojalá que su ida no signifique también la muerte de sus ideas. Requiescat in pace.
FRANCISCO BARBOSA 
*Ph. D. en Derecho Público (Universidad de Nantes, Francia), profesor de la Universidad Externado de Colombia.
@frbarbosa74
margencultural.blogspot.com